Mi voz es la suya II

17 Nov 2020 | Uncategorized

Segunda parte del testimonio de una madre superviviente de suicidio

El hospital 

No recuerdo cómo aparecimos en el hospital pero sí la imagen de mi prima, de mi hermano, de mi hermana, del novio de mi hija y de uno de mis cuñados. Ahí ya mi prima cogió el mando de la situación y mi hermano se convirtió en su ayudante ese día. 

Tampoco allí pude verlo porque estaba en el anatómico forense para la autopsia. Otra bofetada sin estar preparada, sin esperarla… Y todavía sin lágrimas. De hecho, nadie lloraba y yo me ahogaba, ¿o estaba muerta?

Creo que ninguna palabra que diga o escriba puede explicar mi sentimiento. Creo que ni siquiera muchos y muchas supervivientes pueden entenderlo, ya que este vacío fue totalmente inesperado, sin avisos, sin notas ni llamadas, sin ser conscientes de lo que pasaba.

Y el después

Desde entonces mis ojos se apagaron, mi risa dejó de sonar, mi cuerpo se vació. Cuántas veces necesito estar con él, saber qué pasó, si fue culpa mía. Necesito una razón, culpables. Ansío tocarlo, verlo, que suene el teléfono y aparezca su cara en mi pantalla ¿Estará esperándonos? ¿Nos dará una explicación? Solo sé que si voy no hay marcha atrás, solo crearé más dolor y nadie me puede asegurar que él esté ahí, nadie me puede asegurar nada.

Me decían que tendría otras alegrías a lo largo de mi vida. Me aseguraban que sería distinta, pero que podría ser feliz. Y no llegan esos momentos. Ahora soy actriz en mi propia vida, en este teatro en el que yo actúo, más o menos, como se espera de mí. 

Escucho a la gente, me convierto en un hombro sobre el que llorar, y cuando se solucionan sus problemas siguen su camino. Suponen que yo ahora con mis experiencias he de ser más empática, claro.  Me gustaría, con el tiempo, tener nietos y nietas, abrazarlos y besarlos como tal vez no hice con mis hijos, dedicarles el tiempo que yo dediqué al trabajo. 

Ese día, ¿qué pasó?

Ese día, ese 17 de octubre al mediodía me dio una granadas que le había dado su novia para mí, y yo solo le dije que si se había pelado las clases. Aún las conservo, pero ya casi no lo siento ahí. Y me duele, me duele mucho.

¿Por qué no luché más por él? Fue un bebe sano, que comía y  dormía bien. Siempre dije que si él hubiera sido el primero, enseguida habría tenido más hijos. Sonreía, era feliz, se conformaba con poco, solo quería aprender. Su garaje, sus puzles…

Una cabeza diferente

Echando la vista atrás creo que todo empezó a cambiar cuando se dio cuenta de que su cabeza funcionaba diferente. Había perdido el hábito del esfuerzo en el estudio porque no lo tenía adquirido. Le sobraba con lo que cogía de aquí y de allá, y mientras se iba superando y superando al resto. Era muy sensible y muy despistado, nos dijeron que tenía déficit de atención y cada vez era más complicado: un día olvidaba un trabajo, otro la fecha de un examen. Los profesores no lo entendían, nosotros tampoco y creo que eso lo hundía.

Cada vez era más difícil, los despistes se acumulaban y ya era mayor, ya no había un grupo de Whatsapp de madres para enterarse de todo. De muchas cosas sabía más que el profesor, había leído u oído más y lo había almacenado, y creo que esos eran sus pensamientos, o era lo que me transmitía su mirada, sus silencios, su cara, sus palabras.

Creo que él buscaba algo más y que no entendía este mundo. Su cerebro iba muy rápido, era demasiado justiciero, no entendía que aun siendo educado y correcto no podía enfrentarse a un profesor, no podía decirles lo que era lo correcto en su trato con los alumnos, no entendía que la vida era así. Aceptaba a sus amigos con sus errores, a pesar de no soportar los mensajes de whatsapp con faltas de ortografía. ¿Pero, todo esto es motivo para desaparecer? Creo que, por un lado, no veía un futuro y sin embargo tenía clara su carrera, así como que quería casarse y tener hijos.

Pedir ayuda

Porque tenía muchos grandes amigos y amigas, muchos y muchas todavía están ahí. Me preguntan, me saludan, me cuentan cosas. Ya no me ven como la madre que siempre castigaba y reñía; en casa yo siempre era la mala de la película. Tenía éxito con las chicas y cuando lo descubrió conseguía a la que quería y tenía un don para tratarlas como una buena persona: les daba su chaqueta, parte de su bocadillo, las acompañaba a casa, las escuchaba, y eso les gustaba. Ahora estaba con una niña estupenda con la que compartía muchas cosas. Una niña a la que esto le hizo llorar lágrimas de sangre y que todavía no lo ha olvidado. ¿Cómo se puede olvidar el suicidio de tu novio? 

Lo llevamos al psicólogo de la Seguridad Social por dos motivos: porque la crisis del 2008 nos afectó totalmente dada nuestra profesión, y porque pensé que tendrían más experiencia. Era una sensación. Me parecía que algo no iba bien, no le veía la fuerza mental de su hermana, no lo veía capacitado en muchas ocasiones para decir NO. Pero no hubo forma, me decían que no podía ni debía comparar, que era la adolescencia, que todo era normal, que seguían viéndolo por mí, pero que no había nada. Y yo cada vez más convencida de que les estaba engañando, que les había estudiado y sabía qué decir y cómo moverse o comportarse en cada momento. Pero no, yo era la «neurótica».

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